Ricardo Yáñez: Isocronías

“Qué bien escribe” a veces, sobre todo si en verso lo (el) escrito, se confunde con “qué buen poeta es”. No es lo mismo. No es lo mismo corrección que impacto. No es lo mismo educación que florecimiento. No es lo mismo redacción o redacción literaria –o, incluso, literatura– que poesía. Algunos jurados debieran saber y aplicar eso.

Ricardo Yáñez: Isocronías
Ricardo Yáñez: Isocronías | Fuente: La Jornada
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ué bien escribe a veces, sobre todo si en verso lo (el) escrito, se confunde con qué buen poeta es. No es lo mismo. No es lo mismo corrección que impacto. No es lo mismo educación que florecimiento. No es lo mismo redacción o redacción literaria –o, incluso, literatura– que poesía. Algunos jurados debieran saber y aplicar eso.

María Sabina sabía más de poesía que tantos y tantos y tantos y tantos y tantos y tantos… La experiencia de la poesía, que como bien se sabe no siempre es transmisible, o no del todo, en palabras, vale más que tantos poemas (¿lo son, lo serán?) bien hechos, esos que no pueden ocultar la calificación de 10, o de 9, o de 8, pero qué bien escritos, y no pueden ocultar, tampoco, que no pueden mostrar la poesía a la que aspiran, de la que no nacieron.

La poesía ocurre cuando lo que no pueden decir las palabras lo dicen las palabras.

El mito no es posible sin el símbolo y el ritual es imposible sin el mito. Ritual es recreación del mito y mito es narración simbólica. Qué sea o pueda ser el símbolo es ciertamente más difícil de situar, mas atrevemos que es imagen densa, concentrada –colmada, saturada– de sentido, y vía de ese sentido, del sentido, transmisora. ¿Por qué decimos esto? Porque según nosotros en la poesía lo esencial es el símbolo, en la narrativa el mito y en el teatro (en el drama, en la puesta en escena) el ritual. Claro, lo cardinal de tal visión es lo sagrado y en ello no con todo mundo hemos de concordar. Apuntemos no obstante que de tomar lo sagrado como concepto (no como realidad, aunque pudiera ser que para nosotros lo sea) las diferencias no han de ser tantas (la posibilidad de acuerdo cobra en efecto, entonces, visos de evidente).

La poesía no pasa ni ocurre, sucede (la menor) o acontece (la mayor). Es un suceso, un acontecimiento.

La belleza no soluciona nada, más bien problematiza. Quien capaz de percibirla a la belleza se abre queda –momento en el que el tiempo pareciera o no existir o, así sea vagamente, teñirse de eternidad– suspenso, desprendido del mundo, absorto, a la vez que ensimismado fuera de sí. Y herido de belleza al mundo ha de volver, un mundo para entonces más difícil, menos satisfactorio, mayormente, lo que de alguna manera ya se dijo, problemático.

La poesía, ese grano de arena que nos habla del oro de la arena.